martes, 6 de enero de 2015

El amor de un ángel



                Pensé que quizás el mundo quería ponerse en mi contra, porque de repente, empezó a llover. Caían unas gotas muy finas, y si uno las miraba bien, parecían lágrimas. A medida que me acercaba a la estación mis dudas iban aumentando.  Las nubes se ceñían sobre la ciudad  y parecían querer prevenirme de algo.
                Aún así, todo se desvaneció en un instante, cuando te vi sentada en aquel banco, mirando al aire y dejando a la vista de todos ese hermoso cabello que me llevaba a la perdición. Nos saludamos con una sonrisa y lo que empezó con un suave roce de labios, acabó en un beso profundo.
                Te cogí de la mano y bajamos por esa calle estrecha y fría, casi deshabitada, donde los albores de vida llegaban de la autopista, en la cual todos los coches se alejanban. Ninguno se acercaba a la ciudad. Pasamos el estanco, que había estado abierto desde la posguerra y que había pasado de madre a hijo, aguantando el paso de los años.
                Curiosamente, hoy no estaba abierto. La niebla hizo acto de presencia cuando nos acercamos a mi pequeño rincón, pero lejos de ahuyentarnos,  inyectó cierto morbo al asunto, nosotros que nos reíamos de la muerte, jamás nos arrepentiremos tanto de nada como de nuestra ingenuidad. Pasamos la pequeña rotonda deforme y nos adentramos en aquel grandioso pasillo, que nos separaba de nuestro gran lugar por un muro blanco lleno cipreses. 
                Llegamos a la verja, y entramos sin miedo ni pudor, empujándola sin reparar en el ruido del metal oxidado reaccionando al movimiento. A pesar de que había estado en ese lugar tantas veces, me volví a sentir maravillado. El pasillo que nos llevaba hasta el altar, estaba bañado por el agua que se desprendería de las plantas que crecían a su alrededor. Formando diminutos arcoiris con las luces que salían de los faros.
                Ese fantástico fenómeno no nos detuvo. Aquel cementerio era imponente, pero sobre todo, tranquilo y tétrico. Caminamos hasta el altar entre aquellos arcoíris y llegamos hasta la losa del suelo, y digo la, porque era impresionante, tres calaveras perfectamente pintadas sostenían un mensaje: “Hic iacet  pulvis, cinis et nihil” o lo que en latín significa: “Aquí yace polvo, cenizas y nada más”.
                Nos quedamos mirando esa losa, pensando en cuantas veces habría sido observada, cuando lo habrían tallado y cuanta gente realmente, habría comprendido su mensaje.
                Nos cogimos de la mano y nos aventuramos a la parte izquierda del cementerio. Lo que vimos fue caótico, aquella fina lluvia que me persiguió al salir de casa, había dotado a las estatuas la capacidad de llorar. Los ángeles de las tumbas estaban llorando. Aquellos seres inertes que habían custodiado a los difuntos, hoy lloraban.
                Las baldosas del suelo que guiaban nuestro camino estaban llenas de mugre y algunas tumbas parecían abandonadas, pero nada nos detuvo. Aquel cementerio era el recuerdo de cientos de personas, que, probablemente murieron muy pronto, quizás se lo merecían, quizás no. Llegamos a un pequeño panteón con una cruz enorme de piedra encima, no se podía leer el nombre ya de a quién pertenecía, sin embargo,  te agarré de la mano y te hice correr entre aquellos ángeles hasta lo que me asombró.
                Un panteón enorme, más grande que una habitación, se alzaba majestuoso sobre el resto de aquel camposanto y nos imponía respeto y temeridad, a sus lados, ventanales para que los últimos resquicios del sol velaran a los difuntos en su camino a la eternidad… A la izquierda, estaban los nichos, gente enfrascada en polvo y almacenada cual lata en conserva, curiosamente, todas las flores estaban marchitas.

                El aire empezó a helarse misteriosamente cuando alcanzamos una senda de tumbas, todas pequeñas, era lo peor, todas esas tumbas pertenecían a niños, almas que no habían conocido el mundo, o que no pudieron siquiera alcanzar a entenderlo. Ese escalofrío interno nos hizo abrazarnos como pudimos  y tras una leve pausa, seguimos andando.

                Descubrimos una pequeña tumba en una esquina, no tenía nombre alguno, y el ángel que la guardaba, estaba decapitado. Vi una enorme grieta en la losa de mármol que la cubría y me asomé. A través de ella, la luz, me dejó ver los ojos del ángel dentro. Hubo algo que me hizo retroceder. El rostro de la estatua representaba el terror.

                Volví a tu lado y nos alejamos de esa tumba, cuando volví la vista por última vez, algo me pareció extraño, desde lejos podía ver perfectamente la tumba pero no había forma de ver el ángel que la custodiaba encima, como si hubiera desaparecido engullido por la niebla.

                Salimos por la puerta  y un torbellino de emociones crecía en mi interior, ese lugar secreto que tan recelosamente había guardado, te pertenecía a ti también, para mí, ese lugar era nuestro.  Y te abracé, te abracé como símbolo de que ya éramos uno y que por mi parte, yo te pertenecía.

                Caminamos un poco hasta el piso, sabíamos para lo que íbamos allí, queríamos dar un paso más allá de los besos y los abrazos, queríamos dejar de decirlo todos con los ojos y las palabras, queríamos que nuestros cuerpos hablasen y dejarnos llevar…

                Las escaleras para llegar hasta el tercero se me hicieron interminables, quizás, porque nuestra respiración entrecortada,  el caminar juntos,  me provocaba y por una vez, mi mente ya no me pertenecía. Con la mano temblorosa (y cierta sonrisita tuya), abrí la puerta  y te invité a pasar primero.  Fue bastante divertido ver, como mi trampa había funcionado y una lluvia de pétalos de rosas caía a tu alrededor.

                Esa sonrisa y esa mirada tuya, me bastaron para tranquilizarme, ambos éramos felices. Te cogí en brazos y te dejé en el sillón del comedor, había dejado el piso impoluto  y también lleno de trampas, pero cada una a su momento. Sabía que te percatarías de aquella cajita de bombones  y que como una pequeña ninja la cogerías. Me encantó volver a la sala y verte jugar con el anillo y colgante que te había regalado, me acuerdo que saltaste encima de mí y me empezaste a besar y realmente, después no recuerdo nada, aunque no fue muy difícil reconstruir la historia tras todo, pues, al salir de aquella cama en la que estabas dormida desnuda, pude ver las distintas prendas por el suelo, arrancadas de su posición por una furia ancestral que nos obligó a hacer aquello, me vestí con unos simples calzoncillos y empecé a prepararte un pastel  con una velita y un cartelito (The cake was a lie).

                Tras despertarte suavemente, puse el pastel en tu regazo, y lo comimos cual niños pequeños, después, te guíe hasta la ducha, aún recuerdo el agua tibia resbalar por tu cuerpo , recuerdo tu pelo mojado, y hasta el olor del champú y también recuerdo esa extraña sensación que salía de ti. Algo que desprecié, porque era demasiado feliz y tú eras demasiada apasionada  y lo que empezó en la ducha, terminó en la cama de nuevo. Y antes de dormir, noté de nuevo esa extraña sensación.

                Era ya de noche cuando mis ojos se abrieron y tu no estabas,  preocupado, te llamé al móvil, me parecía horrible que te hubieras ido sin mí, pero estaba casi todo aquí, solo faltaba tu vestido.  Bajé a la calle  y te busqué, opté por ir hacia al estación y vi que la puerta estaba abierta. Y comprendí que me querías hacer una broma de las buenas, entré aventurado, para demostrar que eso no me daba miedo, y que no me ibas a asustar. Caminé sigiloso rodeando las tumbas, aunque hubo un detalle escalofriante, los ángeles lloraban cuando los miraba, no sé, parecía que lloraban por mí.

                Busqué por todos los rincones, hasta que oí una piedra moverse detrás de mí, me di la vuelta y te vi. Corrí a abrazarte y a besarte. Pensé que te habías cansado de bromear y que ya habías decidido que esto terminaría. Cegado por el amor, no vi como ese cuchillo de carnicero atravesaba mi brazo derecho y perforaba mi bíceps totalmente, mi expresión de terror aumentó, al ver tus ojos, eran de piedra. De piedra como aquellas estatuas, y supe, que aquel maldito ángel no había desaparecido, que ahora, era parte de ti y que te dominaba.

                Dolor, luchar contra el dolor de los músculos desgarrándose por su propio peso  es algo casi imposible pero la adrenalina  jamás pensé que llegaría aquel extremo, de arrancar una cruz de un niño y usarla para defenderme, todo porque mis ansias por vivir eran demasiado fuertes. La velocidad con la que movías el cuchillo era inhumana, recuerdo como la hoja se deslizó por mi pierna izquierda  y me hizo ceder. El dolor que me atacaba era casi insufrible y mis ganas de vivir mermaban porque creía que era imposible. Te lancé una piedra a la cabeza y el movimiento hizo que mi brazo colgante bailara en al aire y me arrancara un grito desesperado. Recibiste el impacto en la cara y tu cuello se desplazó hacia atrás mientras tu espalda permanecía recta.  Lo que sea que fueses recuperó su posición original macabramente, la sangre brotaba de tu frente y tu hoja no dudo un instante en cortarme el muslo derecho.

                Proferí un aullido que estremeció el alma de aquellos difuntos. Y desesperado, me aferré a ti, esperando  que el calor humano, que algo, lo que fuera, te recordara esa tarde y me permitieras vivir.
                Después de eso, dejé de sentir el calor, mi brazo derecho fue sesgado en el acto, sin dolor, solamente sangre que brotaba desde el muñón que pendía desde mi hombro. Abatido ya, sin sangre suficiente para mantenerme consciente, oí como mi brazo izquierdo corría la misma suerte, impedido, supe que iba a llegar mi final y me dejé caer.
                No perdí la consciencia, y eso fue lo peor, sentí como me arrastrabas por el suelo, vi las tumbas desaparecer en mis ojos, mi vista se nublaba cada vez más y  sentí mi cuerpo volar, noté el dolor de mi cuerpo al rozar trozos fríos de mármol. Estaba encerrado en el interior de la tumba rota que el ángel custodiaba. 
                 Y antes de morir, lo entendí,  aquel ángel necesitaba un muerto al que cuidar, y ahora, lo había conseguido. Vi  tus ojos pétreos mirarme, vi como recuperaban su color y oí los pasos de tu desaparición. Vi como esa cara de ángel, volvía a reaparecer en la grieta, encima de mí. Vi sus ojos, la forma de su boca, era feliz. Y vi, como esa sonrisa  se desvanecía en la oscuridad.

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