martes, 6 de enero de 2015

En la gran ciudad



En la gran ciudad, Pedro vivía sin preocupaciones, ¡qué buena era la vida! Tenía diez años y su único objetivo durante las vacaciones era mirar la tele. Acababa de empezar el verano y ya tenía preparado su horario, más de diez canales entre los que hacer zapping y suficientes provisiones de comida basura como para sobrevivir un mes.
Pero sonó el teléfono, ¡y se lió todo! La abuela quería pasar las vacaciones con su adorado nieto, y como sus padres necesitaban un tiempo para estar solos pues no dudaron en empacarle.
¡Se perdería el primer capítulo de sus series preferidas!
Tras horas y horas de berrinches,  Pedro se resigna a asumir el destino de ir a casa de sus abuelos. Al día siguiente, coge el tren rumbo a Granada.
¡Qué diferente era todo! Aunque pensándolo bien, los abuelos no trabajaban, así que seguro que tendrían una tele enorme donde ver las series... Habría que convencerles para que le dejaran usarla todo el día, pero unos pucheritos y problema solucionado.
Los abuelos les recogieron en la estación y lo llevaron a casa. Pedro perdió la sensibilidad en ambas mejillas tras los apretones de su abuela y creyó haber crecido dos metros y medio según las exageraciones de ambos.
Nada más entrar corrió al salón, ¿tendrían digital plus? ¿Tendrían canales de pago del tdt?
Pero no había nada, no había tele.
-¿Abuela, donde tenéis el televisor?
-¿Televisor? Nosotros no tenemos de eso Pedrito, cuando éramos pequeños no había televisión en España, así que nunca la necesitamos.
Pedro sufrió un shock... ¿Qué no tenían televisión? ¡Pero si se usaban todos los días! ¡Había cientos, en todos lados había televisores! ¿Habrían vivido sus abuelos con los dinosaurios?
Resignado, Pedrito se fue a dormir, al menos durmiendo mucho, se pasaría el tiempo volando.
A las ocho de la mañana su abuela le gritaba:
-PEDRITOOO, EL DESAYUNO.
Pedrito se tapaba con la almohada, y daba vueltas, ¡esas no eran horas!
-¡PEDRITO, YA!
Al final su abuelo subió y le sacó de la cama. Le miró con sus arrugas y le dijo: "Pedrito, nunca olvides esto, 'quien pierde la mañana, pierde el día, y quien pierde el día, pierde la vida".
Al principio a Pedrito le pareció una tontería, pero aún así bajó a desayunar.
-Pedrito, hoy vienes conmigo- dijo el abuelo.
-¿A dónde?
-Vamos a hacer un par de cosas, tranquilo, te divertirás.
Primero fueron a la huerta, Pedrito cogió y probó unas cuantas mandarinas, ¡qué ricas eran! Aún así su abuelo le hizo trabajar, le ordenó regar todas las enredaderas que había y amontonar las hojas secas.
A las 10 y media, Pedrito estaba exhausto.
-¿Ya volvemos a casa abuelo?
-¡Jajaja, aún queda mucha mañana! Pero ven, voy a tomarme un café en el bar y tú puedes beber un refresco.
Fueron a un bar en la costa. El camarero saludó con mucho gusto a Pedrito y le sirvió una coca cola.
Nada más salir, el abuelo compró pescado a un hombre que llegaba con su barca. ¡Aun eran las 11 menos diez y ya habían hecho muchas cosas!
Pero no habían terminado. El abuelo fue a casa de un amigo a preguntarle si le habían gustado las papas que le había regalado, ¡y el vecino les regaló calabazas!
Pedro casi pierde la espalda llevándolas al coche, ¡madre mía!
Y aún quedaron más vecinos, al menos cuatro más, unos les dieron verduras y otros uvas.
¡Las doce y cuarto todavía!
Volvieron a casa y su abuelo limpió el pescado.
Pedrito estaba exhausto, le dolía todo el cuerpo, ¡había hecho tanto!
La comida de hoy estaba hecha por todo lo que habían recogido por las mañana, ¡con uvas frescas de postre! Pedrito estaba orgulloso de sí mismo, tanto, que por la tarde salió a un parque, e hizo nuevos amigos.
¡Nunca más volvió a perder el tiempo viendo la televisión!
Ahora se dedicaba a aprovechar los días de verano, haciendo todo tipo de cosas, y nunca olvidó el consejo de su abuelo, "quien pierde la mañana, pierde el día, y quien pierde el día, pierde la vida"

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