martes, 6 de enero de 2015

Ni cielo, ni infierno



Luz. La luz apareció de pronto con el sonido de los pájaros. Era de día. Ni un sólo recuerdo de quien soy o quien fui. No creo que merezca la pena cuestionárselo. Recupero la sensibilidad de mi cuerpo, mis manos, mis pies, soy consciente de mis extremidades y vuelvo a confiar en ellas. Me levanto. No reconozco la habitación.
Hay una mesa bajo la ventana. Encima hay una polvorienta máquina de escribir. No se debe haber usado en mucho tiempo. Un diente de león entra por la ventana abierta y se posa sobre las teclas. Un espectáculo de eterna suavidad.
Me levanto, busco a tientas la salida de ese extraño lugar. No reconozco nada y al mismo tiempo me siento como si ese hubiera sido desde siempre mi hogar. Me sé el número de escalones, bueno, no puedo decírtelos, pero mis pies lo saben.
Salgo al jardín, hay una fuente preciosa en medio, pero está seca. La piedra solitaria me rompe el corazón, quiero ver el agua de esa fuente brotar. Y el agua aparece. Como por arte de magia, comienza un espectáculo, la fuente nunca está quieta, siempre cambia el flujo. El agua cae de un nivel a otro. Es maravilloso.
Intento mirar mi reflejo en el agua. No hay nada, no hay reflejo, alcanzo a ver el sol a mi espalda.  Un pez violeta se acerca por mi derecha y rodea al sol en el agua. Quiere jugar conmigo. Súbitamente aparecen dos peces rojos, el pez violeta empieza a huir. Esa situación me resulta familiar. Lo entiendo, cuando era pequeño dos gemelos con camiseta roja me persiguieron para darme una paliza. Yo ese día estrenaba mi mochila violeta, no logré escapar.
Hice todo lo que puede por ayudar al pez, intenté detener a los otros con la mano ,pero me atravesaron. El pez violeta fue atrapado. Deseé que alguien ayudara al pez violeta. Y un pequeño barquito de juguete emergió de las profundidades. Su presencia en aquella pequeña fuente, ahuyentó a los dos  peces rojos. El pez violeta nadó junto a mí. Yo aún no tenía reflejo.
Apareció un pez grande por la izquierda, un pez naranja con largos bigotes. Se acercó al pez violeta, le acarició y desapareció. Se me escapó una lágrima tibia y salada, rozó la comisura de mis labios. Era la muerte de mi abuelo.
Me senté a ver todo lo que le ocurría al pez, mi primera novia. La vez que me prometí y al final no nos casamos. El nacimiento de mi hija.
Todos los grandes hechos de mi vida, y todas las grandes personas, quedaron vivas y recientes en mi mente, gracias a la vida de aquel pez.
Y se activó el desagüe de la fuente, el pez me miró y sonrió, mientras la corriente empezaba a arrastrarle. Intenté asirle, pero al ver mi falta de reflejo lo comprendí, comprendí que no podría hacer nada, y esperé a que la oscuridad le tragara.
Me levanté y volví a la casa, me senté frente a la máquina de escribir. Así el diente de león entre los dedos y dejé que volara un poco más.
Coloqué un papel sobre la máquina y escribí "Ni cielo ni infierno".

1 comentario:

  1. ¡Oh! Qué imaginación. *3* En muchas ocasiones me pregunté, ¿qué tan real puede llegar a ser una historia que cuenta una persona? Me explico, siempre imagino que un escritor/a escribe su propia historia pero disfrazándola. Por eso, después de leer algo, me quedo pensando en el autor (en qué pensaba cuando escribía, en qué quería decir, en la fuente de su imaginación, en tantas cosas... oh, ¡me parece tan mágico todo!). Yo no sé si podría escribir algo que no tuviese relación conmigo misma. ;)

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