martes, 6 de enero de 2015

Recuerdos de sábanas pasadas




                Falta poco para octubre, y eso siempre me trae el mismo, recuerdo. El de ella. No importa cuánto pase, sé que volverá. Aunque cada vez vuelve menos realista y más endulzado por el maldito efecto nostalgia, ese que nos hace creer que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque sea mentira.
                La conocí porque un amigo del cual ya no recuerdo nada,(era una de esas épocas de confiar en todo el mundo y hacer amigos fugaces), empezó a salir con ella. Me acuerdo que me hablaba de sus maravillas, y yo, le oía con gusto,pero pensaba que todo eran exageraciones. Cuando la vi, lo pensé de verdad, pues claro, era la novia de mi amigo y la veía detrás un velo restrictivo.
                Mi opinión cambió cuando hablé con ella, era docta en poesía trágica, me recomendó a Poe y me hizo debatir los cuentos de Kafka, debatimos sobre Un artista del trapecio con mucha ilusión. Creo que me ganó la discusión dos veces.
                Un día, me comentó que necesitaba ayuda con matemáticas, le dije que podríamos vernos en la universidad, alquilar un carrel (está muy de moda ofrecer habitaciones reservadas para poder charlar tranquilamente y estudiar en grupo), y explicarle todo. Aceptó.
                Me afeité, me puse una ropa normal y fui hacia la universidad. Tras mirar las bibliotecas con carrel disponibles, tocó ir a la de educación. Es difícil explicar cómo es esa facultad, está situada justo al lado de la nueva estación de autobuses, en el epicentro del tránsito de la ciudad. La mitad del de edificio está rodeado por los raíles del progreso del nuevo tranvía eléctrico, el cual, a pesar de las quejas no pudieron evitar que se construyera.
                Y aún así, el edificio es una obra de arte histórica.  Se erigió en los años cuarenta, para fomentar los estudios en pedagogía y ciencias de la educación. Sus pasillos son altos, con piso de mármol y gruesas puertas de madera. Las escaleras son de piedra, y además tiene un jardín interior precioso, con flores de todo tipo y una enorme fuente al centro.
                Dijo que vendría en tranvía, así que la esperé. Mientras tanto hojeé el último libro que había leído, El Juego del Ángel, de Carlos Ruiz Zafón.  Intenté encontrar algún parecido entre ella y la enamorada del protagonista, pero creo que no había ninguno.
                El sol emergió de entre las nubes cuando el tranvía se detuvo delante de mí. Bajaron decenas de personas, ella incluida. Estaba despampanante. No había opción a ningún velo o restricción. Llevaba el pelo a un lado, al otro lado, su hombre estaba descubierto. En su cuello, un collar negro de hilo fino. Sus labios eran rojos como la sangre, al igual que su camiseta. Sus pantalones ceñidos le quedaban mejor que un vestido. La abracé y la invité a charlar un rato en el jardín hasta que nuestro carrel estuviera libre.
                Ella miraba las plantas con curiosidad, mientras yo defendía a capa y espada el hecho de que los arquitectos de esa facultad habían pensando en la necesidad de los estudiantes de tener un lugar bonito donde relajarse, y que los que vinieron después a hacer el resto de facultades deberían haberles imitado. Creo que ella no me oía, sólo disfrutaba mirando las flores.
                A la hora fijada, empezamos el ascenso por los pasillos de la biblioteca. No voy a mentiros, es un poco decepcionante, no hay demasiados libros, lo que sí que hay es un buen ambiente de estudio. El silencio reina, excepto cuando un grupito de mujeres decide levantarse y sus tacones hacen eco en las tres plantas. Nuestro carrel estaba en la última. En cada rellano se repetía la misma imagen. Mucha gente estudiando de verdad y otros jugueteando con el móvil. Por fin llegamos a la puerta blanca que nos correspondía. Entramos. El equipamiento era simple, una  mesa con cuatro sillas. Y para airearnos una ventana con vistas al hormigón de la pared de enfrente.
                Rápidamente empecé a explicarle todo lo que sabía de trigonométrica y geometría. Le di algunos consejos, y cada vez que la miraba, ella me miraba fijamente, con lo cual asumí que no lo había entendido y se lo volvía a repetir.
                Lo hice varias veces, hasta que  me di cuenta de que ella nunca había dejado de mirarme. "¿Qué es lo que no entiendes?" . Ella sonrió y me dijo que simplemente le gustaba oírme hablar.
                Me siguió mirando. Y me atrapó. Me atraparon esos malditos ojos castaños bañados en la noche, lo suficiente como para que puedas saber que son castaños pero que cueste distinguir la pupila.
                Y como no sabía qué hacer, la besé.
                Y cuando me separé, la volví a besar.
                Acaricié su hombro y ella llevó mi mano izquierda a su pecho. Era una danza de pasión en un juego de caricias. Y mientras tanto, nos besábamos con suavidad. Labios y cuerpos iban a dos ritmos distintos. Un amor de biblioteca.
                Cuando me di cuenta, ya teníamos que irnos.
                Tras pasar todo, me di cuenta de que había besado a la novia de un amigo, había roto la confianza de alguien. Quise echarle las culpas a ella, pero la culpa fue mía, yo la besé.  Ella tampoco decía nada.
                La despedí en la parada del tranvía y fui a coger el bus. Al limpiarme la boca me di cuenta de que tenía restos de su pintalabios y me sentí mal. La vibración del móvil me distrajo. Era ella: "No te lo había dicho, pero él y yo rompimos ayer, lo siento, no tienes que sentirte culpable por nada".
                Me sentí aliviado y a la vez culpable. Ese maldito egoísmo que nos invade. Tenía a una chica preciosa para mí y ahora que sabía que estaba libre, quería saber más de ella. Quería estar con ella. Con lo cual tomé la estúpida decisión de no hablar con él.
                Me cité al día siguiente con ella en su ciudad. A modo de regalo, me aprendí el poema de Annabel Lee en versión original para ella. Lo estuve recitando en el banco donde habíamos quedado. Mi inglés era horrible, pero al menos le puse ilusión.
                Llegó tarde. Pero vino con un vestido blanco precioso. Así que bien podía perdonarle el retraso.  No tardó en besarme. Y yo se lo agradecí con un beso corto de respuesta. Caminamos hacia el parque. Quería pasear con ella, me gustaba pasear con ella. Aunque iba a un ritmo distinto porque se fijaba en todas las cosas y sus piernas eran mucho más cortas que las mías. Ojala hubiera sido escultor para poder retratar su perfil cuando miraba absorta una flor. Si se acerba a olerla, yo sentía que el mundo desaparecía y ella era un cuadro perfecto, podrías poner de fondo el aire cargado de arena del desierto o una lluvia suave, seguía siendo maravilloso.
                Cuando llegamos a un sitio apartado me dio otro beso, y esta vez llevó mis manos por debajo de su falda, sin dudar. Yo no sabía cómo reaccionar, aunque mi cuerpo sí. Tras pegarse a mí, salimos corriendo hacia su casa.
                Ella tenía miedo del qué dirán, así que tuve que entrar raudo y veloz  tras confirmarme que la puerta estaba abierta. Una vez se cerró, ya era mía. No recuerdo nada del edificio. No me importaba, cada una de mis neuronas formaba una sinapsis para pensar en ella. Cada uno de mis nervios estaba buscando sus labios. Le dije que pusiera música, y puso a los Rolling Stones. Le quité el vestido, necesitaba verla en ropa interior, quería verlo todo sin ver lo que la moral nos prohíbe enseñar.
                La besé, la besé en todas partes. Acaricié sus muslos como si fueran terciopelo, mi dedo índice trazó la curvatura de su espalda, mi dedo meñique murió de placer en su boca.
                Nos desnudamos al mismo tiempo y nos perdimos en su cama. Mi respiración era agitada, ella era bonita, más bonita por el juego de luces y sombras en su piel blanca,, cortesía del sol a través de su persiana. Sus ojos me miraban con ternura y yo la devoraba en los míos.
                Todo iba perfecto, hasta que oí un quejido, yo estaba desesperado por hacerla mía, y al levantar la vista vi que ella lloraba. Se me encogió el corazón, no tardé en acosarla a preguntas: "¿Qué te pasa?¿Estás bien?¿Hola?"
                Entre sollozos, me lo dijo: "Es mi primera vez."
                No lo sabía, la besé un rato más, y empecé a acariciarla con mis dedos. Poco a poco, hasta que se fue acostumbrando. Empecé a hacer que disfrutara de verdad, a que no pudiera articular palabra, a  que sus uñas se clavaran en mi espalda.
                Y  cuando estaba exhausta, la hice mía. Como un caballero. No me cansé de besarla ni dejé mis manos quietas por un instante. Estuvimos muchísimo tiempo, más del que yo quería, inconscientemente intentaba retrasar el final, no quería que mis manos abandonaras sus piernas o mi boca se alejara de sus pechos.
                Fue el mejor orgasmo que he tenido. Podría haberme dormido con una sonrisa de no ser porque ella cayó encima de mí, y el tacto de su cuerpo me hizo querer besarla un rato más.
                Nos volvimos a vestir y me despidió en la puerta, tuve que huir raudo y veloz de su lado.
                Salí pensando en poesía y en lo bonito que era el mundo. En el camino de vuelta, volvió a sonar el móvil. Era un mensaje de ella.
                "Te tengo que decir una cosa... No le había dejado, pero si quieres salir conmigo, le dejaré."
                Me quedé helado.
                Si alguna vez tuve un código de honor, ahora mismo estaba confuso. ¿Quién demonios puede pensar en el honor tras un éxtasis de placer? Muchos abandonarían su fe por eso. Ah claro, yo podía.
                Le dije que no saldría con ella.
                Me respondió: "¿Cómo te atreves a decirme eso después de follarme?"
                Le dije que no podía, que no podría salir con ella.
                Me reclamó: "Fuiste el primero".
                Nunca más volvimos a saber el uno del otro.

2 comentarios:

  1. ¡Hola! Nuevamente... por aquí. Espero no ser muy pesada, ¡lo siento! :C
    Me costó recordar lo que había leído ya, pues estoy leyendo tan al azar tus textos. :'))))))) En cuanto al relato... OMG, ¡este texto sí tiene una gran e importante filosofía oculta (o por lo menos para mí)! Me pareció muy fuerte el final, aunque de alguna forma me lo esperaba. xD Me pregunto, o mi curiosidad lo hace, qué tan real sería este texto (si es una historia inspirada en tu vida, o totalmente inventado... de todas formas no importa). *3* Me has hecho reflexionar. Si interesa, no lo sé, pasé por algo parecido. Estar enamorada de una persona, y que una amiga mía esté enamorada (super enamorada, importante detalle jajajajajaja) también de la misma persona. Aún así, decidí que no perdería a mí amiga... por un chico (que tampoco es que fuera una buena persona, chicos... sin menospreciarlos, ya sabes jajajaja). Fue la mejor decisión que tomé en mi vida.^^ Por eso me agradó tu texto... fue como un flashback que me agujereó un poquito el pecho. ;)

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    1. Sabes que siempre eres bienvenida, desde el principio hasta el fin...
      Reflexionando en la historia, los lugares son reales, es la descripción de una zona cercana a mi facultad, ahora la inspiración...
      ¿Qué libros crees que leí por primera vez justo antes de escribir este relato?
      Lo sabes, y yo sé que lo sabes...
      :)
      Entiendo esos problemas, no debería romperse una amistad por una mujer (y sí, va con segundas ¬¬).
      ¡Me alegro mucho que el recuerdo al que vuelves sea para alegar una buena decisión!
      Un beso <3

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